Academia
Imagen de Estuardo Núñez
por Marco Martos
Discurso pronnuciado en la Universidad Ricardo Palma, el 28 de noviembre de 2006.
Sr Rector de la Universidad Ricardo Palma
Iván Rodríguez Chavez
Distinguidos Autoridades, profesores, trabajadores y estudiantes,
damas y caballeros,
Nos hemos reunido en esta tarde cálida de noviembre para rendir homenaje a Estuardo Nùñez Hague, nuestro maestro y amigo, cuya vertiginosa actividad intelectual ha atravesado la historia del Perú en el siglo XX iluminado el quehacer literario principalmente y, concomitantemente, todo lo que tenga que ver con el arte y la cultura. Me toca en esta ocasión traer la palabra de dos instituciones con la que Estuardo Nùñez está íntimamente ligado: la Academia Peruana de la Lengua de la que ha sido secretario primero y director después, y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en la que ha sido profesor, durante varias décadas y puedo decir, además, que mis palabras expresan también el afecto de quien como amigo de algunos de sus hijos, se ha acercado al seno de la familia y conoce algo de la tribu Núñez Carvallo afincada en Barranco y en todo el territorio del Perú y que es un modelo de lealtad grupal. Este homenaje es también para Cota Carvallo de Núñez y para todos los hijos de ambos estudiosos y artistas.
Conocí a Estuardo Núñez en los pasillos de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su andar era pausado y firme, su mirada se dirigía siempre a un punto indefinible del horizonte al que parecía dirigir sus pasos. Algunos lo juzgaban adusto, pero basba que escuchara una palabra demandando atención para que se detuviese inmediatamente para contestar afablemente al que al que le preguntaba sobre los más variados asuntos. De pronto se encontraba en el centro de una tertulia donde los jóvenes querían saberlo todo. ¿Usted conoció a Eguren? ¿En qué circunstancias? ¿Es cierto que Isa Jara, en las etapas difíciles del poeta se convirtió en una mecenas secreta para el propio escritor? ¿Vio alguna vez a Vallejo? Cuéntenos cuando ocurrió ese hecho. ¿Es verdad que el poeta de Santiago de Chuco llegó a leer el libro que usted escribió en 1938 sobre la poesía peruana? ¿Es verdad que usted fue compañero de Emilio Adolfo Westphalen y de Martín Adán en el Colegio Alemán? ¿Por qué le decían a Westphalen "el mudo"? ¿Cómo era la máquina de escribir que le compraron sus padres a Martín Adán? ¿Cómo hizo usted, siendo tan amigo, para escaparse de la vida bohemia de Martín Adán? Esas conversaciones solo eran interrumpidas por Estuardo Núñez cuando advertía que los minutos pasaban y que habían otros estudiantes que lo aguardaban en el salón donde se dictaba literatura alemana. En esa aula, durante un año entero muchos empezamos a admirar, gracias a las capacidades de nuestro profesor, la casi desconocida literatura escrita en alemán. Formados en una escuela que privilegia la literatura castellana, ignorábamos, salvo una que otra pincelada clásica, Homero, Dante Shakespeare, todo lo se había escrito en lenguas modernas y, especialmente todo lo escrito en lengua alemana. Fue de los labios de Estuardo Núñez que supimos primero la existencia de una tradición literaria germana, desde el Cantar de Hildebrando, hasta Kafka. Los antiguos alumnos recordamos con afecto las referencias a Goethe, a Heine, a Hölderlin, al expresionismo, a Bertolt Brecht, a Thomas Mann, a Henrich Mann y su inolvidable Ángel Azul. Las clases de don Estuardo, como le decíamos, convocaban a alumnos inscritos y libres y eran una invitación constante a la lectura.
¿Què liga al estudioso de literatura alemana con el interés por el Perú? La respuesta, creo, que está en el mundo de los afectos. Son dos afectos complementarios, el afecto por lo desconocido intelectualmente y el afecto por lo propio y natural. Varias veces Estuardo Núñez ha contado cómo, cuando se cerró la Universidad de San Marcos, en 1932, pasó largas jornadas en la Biblioteca Nacional consultando los libros que nadie leía y que eran los escritos en la lengua de Lutero. Ahí, en esa ocasión, fue que descubrió a los viajeros. La literatura de los extranjeros que llegaron al Perú llamó poderosamente su atención, a tal punto que se le puede considerar en el especialista por excelencia en este tema. Paralelamente se fue interesando por los autores germanos, ingleses y norteamericanos que tienen presencia en las letras peruanas y todo esto saltó de las clases en las que se prodigaba hasta los textos escritos que aparecen en su larga bibliografía. Núñez suma su nombre al de Luis Alberto Sánchez y al de Jorge Basadre, en el grupo de los escritores más prolíficos sobre el tema peruano. Y ostenta el privilegio de combinar con mucha sagacidad la profundidad en los estudios con lo variado de los temas, desde Olavide hasta César Vallejo, desde los viajeros germanos e ingleses, hasta los viajeros brasileños. Toda la vida, los lugares naturales para Estuardo Nuñez han sido la biblioteca y la página en blanco.
Al margen de lo que apretadamente hemos dicho y que es más que suficiente para jstificar un homenaje como el que hoy le hacemos a Estuardo Núñez, hay una faceta suya que conviene destacar: en país que a muchos da la sensación de estar siempre empezando, donde siempre se encuentran personalidades destacadas, pero grupos organizados, una personalidad como la nuestro maestro llama la atención por su carácter institucional, por su vocación de servicio. En ese sentido la comparación más precisa es con Ricardo Palma. Para que la fama, ese pregonera de mil ojos, lo tuviese en su regazo, Palma no necesitó de otra cosa que de su obra literaria y podemos decir más aún, que le hubiese bastado con escribir Las tradiciones peruanas para que su prestigio hubiese llegado hasta nosotros. Pero Palma era un hombre que se debía a la sociedad y ella ofreció otros frutos. Fue tarea suya organizar la Biblioteca Nacional, cuando se había convertido en nada después de la guerra de Pacífico, tarea suya fue organizar la creación de la Academia Peruana de la Lengua, tarea ímproba por lo compleja que resultó puesto que los pocos académicos que se incorporaron tenían voluntades disímiles y conflictos personales, como lo ha mostrado Héctor López Martínez en un magnífico estudio publicado en El Comercio de Lima, el 30 de agosto de 1987. Palma asumió la conducción de ambas instituciones y lo hizo con madurez y sabiduría, tantas que hasta ahora se le recuerda en ese trabajo. De modo parecido Núñez nunca eludió sus deberes, por mínimos que pudieran parecer, desde alcalde de Barranco, hasta Director de la Biblioteca Nacional, desde profesor de San Marcos, hasta Director de la Academia Peruana de la Lengua. Para los hombres que no son políticos de oficio, la asunción de cargos, sobre todo los que implican votaciones, resultan algo extraño a su propia actividad. Pero en Estuardo Nùñez puede observarse la paradoja, que ya observó José Martí en el siglo XIX: nuestros intelectuales se ven obligados a ejercer varias profesiones u oficios, y una de estas actividades es la de administrar instituciones, hacerlas florecer, llevarlas adelante.
Ha sido el propio Estuardo Núñez en un artículo publicado en El Comercio de Lima, en ocasión del centenario de la fundación de la Academia Peruana de la Lengua, el 30 de agosto de 1988, quien ha precisado el origen de la palabra. En pocas palabras, la palabra Academia tiene un origen griego. Debemos a Platón ese diálogo que se llamó así, vinculado siempre al debate y a la confrontación de ideas. Maestros y discípulos se reunían en un jardín ateniense alentados por el recuerdo de un personaje mítico, Academos. Los viajes de Platón a Sicilia lo llevaron a estrechar vínculos con los filósofos pitagóricos y luego tuvo discípulos en Roma. Fue entonces que el término se expande y pasó a significar coloquio de intelectuales. Lo académico fue a partir de entonces cónclave de cultura. En la edad media, aun sin leerse a Platón continuó el espíritu que el había ayudado a crear y los clèrigos sustituyeron a las Academias antiguas en los claustros de los conventos. La disgregación del latín a partir de la caída de imperio romano, llevó a nuevas preocupaciones académicas; los académicos, fueron considerados clérigos, llevaran o no llevaran los hábitos. Desde el siglo XV empìeza a fermentar un nuevo espíritu que cuajaría con el nombre de Renacimiento. En Florencia, en 1582 se crea la Academia della Crusca, Academia del afrecho, como si se tratase de separar la harina del salvado y que estaba dedicada a cuidar a la lengua toscana que estaba camino a convertirse en la lengua de toda Italia. Los Médices estimularon las discusiones cultas sobre el lenguaje. El ejemplo italiano prosperó en Alemania y en Francia. Se trataba entonces de separar el lenguaje culto de los vulgarismos. En Francia, bajo la inspiración de Ronsard la "Pléyade" se fundó la Academia Francesa, que fue modelo de la española y remoto antecdente de la Academia Peruana de la Lengua.
Nos cuenta Estuardo Núñez que en el sigl XVIII había empezado a sentirse de un modo ligero el efecto del cambio social, aunque la Revoloción Francesa, según anotación de Karl Vossler puso en circulación un caudal popular verdaderamente escaso. Recién con la generación romántica en el siglo XIX, se advierte, con Víctor Hugo la actitud de acoger en la lengua literaria los vocablos vulgares. Este dilema aparente entre la pureza del idioma y su riqueza léxica, ha sido resuelto por la lingüística contemporánea, aunque todavía tiene vigencia en las discusiones legas. Se ha llegado al convencimiento de que todas las formas del lenguaje son utilizables en sus contextos adecuados, que si dos personas se entienden eso es suficiente para considerarnos satisfechos. Las Academias consideran que la única ventaja, pero que no es desdeñable, de manejarse en la lengua culta, es que podemos entendernos con más comunidades lingüísticas, en más países. Dicho de otra manera, el nivel cultivado de manejo de una lengua garantiza a quien lo maneja llegar a todos los estratos sociales, cosa que no ocurre en un sentido inverso. Escribir como se habla fue un ideal de Juan de Valdez en el siglo XVI, pero el habla que tenía en mente era el habla culta.
La Real Academia Española fue fundada en 1713 y oficializada por Real Cédula de Felipe V el 3 de octubre de 1714, resdplado que le permitió contar con rentas propias para su funcionamiento. La primera tarea que se impuso y terminó con fortuna fue la confección de un Diccionario de la Lengua Castellana. Seis tomos salieron entre 1726 y 1739. En 1732 la corporación encargó al presbítero peruano Diego de Villegas y Quevedo Saavedra la redacción de la letra "M" del diccionario. El sacerdote cumplió a cabalidad con el encargo e incorporó algunos vocablos que le eran conocidos y que se hablaban en el Perú, como el término "mazamorra".
Desde 1870 fueron surgiendo Academias de la Lengua Española en todos los países hispanoamericanos, independientes de España pero fieles a la lengua común. Puede decirse que ahora el Diciconario de la Real Academia Española, no es más el Diccionario de Madrid sino que expresa al viejo y al nuevo mundo con cabalidad. El ideal expresado por Unamuno ha llegado a ser, como lo sostuvo Unamuno, "la lengua hispánica internacional". Y eso está expresado en la multitud de trabajos que se publican como el Diccionario Panhispámico de Dudas y la Gramática que será presentada en 2007. Desde 1951, año en el se formó la Asociación de Academias, por una iniciativa del presidente de México Miguel Alemán, se han realizado numerosos congresos como los de Madrid en 1956, Bogotá, 1960, Buenos Aires, 1964, Quito, 1968, Santiago, 1974, Lima. 1980, Puebla, 1996, Puerto Rico, 2002. A casi todos esos congresos ha acudido Estuardo Núñez como representante del Perú. Un ejemplo objetivo de su participación es la aprobación de la quinta acepción del vocablo "tradición" como "narración breve, con elementos de ficción, historia y costumbrismo, género iniciado en América por don Ricardo Palma", desde la edición vigésimo primera del Diciconario de la Academia. Otra participación suya ha dado lugar a la aprobación del vocablo "Amazonia" que está en el espíritu de la lengua más que "Amazonía" que tiene como origen la pronunciación francesa. Ambos vocablos compiten en el habla diaria de todos los peruanos.
La Academia Peruana de la Lengua hace un trabajo silencioso, pero que es efectivo en defensa de la unidad de la lengua española y en defensa del habla característica de los peruanos. Becados nuestros cada año concurren a la Escuela Lexicográfica de la Asociación de Academias y en Lima tenemos reuniones periódicas de grupos de trabajo de amigos de la Academia que cumplen las tareas de coadyuvar a la publicación de los diferentes diccionarios, como el de americanismos, la gramática, el DRAE. ¿Y Estuardo Núñez qué hace por la Academia? Ha hecho bastante ya, sus libros son un material de consulta indispensable justamente para las tareas lexicográficas, pero cuando bien podría estar disfrutando de un merecido reposo en la calidez de su hogar él persiste en el trabajo, concurre a todas las Asambleas que se convocan, a los eventos, y forma parte de un grupo de trabajo que se reúne periódicamente a tratar asuntos académicos con Luis Jaime Cisneros, Martha Hildebrandt, Carlos Germán Belli, Ricardo Silva Santisteban, Ismael Pinto, Luis Alberto Ratto, Carlos Eduardo Zavaleta. Recientemente participó en una reunión de trabajo con el lingüista español Julio Calvo Pérez quien está preparando un monumental diccionario quechua-español.
Estuardo Núñez Hague es la imagen misma de lo que debe ser un académico: disciplinado, metódico, original, incisivo. Quienes lo leemos con fruición no podemos olvidar sus magníficas páginas sobre la poesía de Eguren, el arriesgado elogio que hizo de la poesía de César Vallejo en 1938, cuando nuestro vate no era todavía suficientemente conocido en el mundo. Se habla ahora mucho de literatura comparada y de globalización literaria. ¿Quién si no Estuardo Núñez es el que ha iniciado estos estudios en el Perú?
Al rendirle homenaje ahora, la Academia Peruana de la Lengua lo reconoce como un pilar de su estructura y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, como uno de sus mejores hijos.
Historia y tareas de la Academia Peruana de la Lengua
Sr. Luis Jaime Cisneros, colegas académicos, distinguida concurrencia, amigos todos:
Mis primeras palabras son de profundo agradecimiento a los miembros de la Academia Peruana de la Lengua por la confianza que le han expresado al nuevo Consejo Directivo que me honro en presidir y que tiene la responsabilidad de conducir la institución en el periodo que hoy se inicia.
No por azar hemos escogido la fecha de hoy para esta ceremonia. La Academia Peruana de la Lengua fue fundada el 5 de mayo de 1887 por Ricardo Palma Soriano, pero tuvo su primera actuación pública el 30 de agosto de ese mismo año en el paraninfo de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y eligió como primer presidente actuante al Dr. Francisco García Calderón y Landa que había sido Presidente de la República, hombre de gran coraje cívico en días infaustos para el país. A García Calderón le sucedió Ricardo Palma, primero como Presidente y luego como Director, cuando en 1917 se reorganizó la institución incorporando a intelectuales jóvenes como José Gálvez. Las capacidades de Palma en el campo de la literatura germinaron en su profundo conocimiento de la lengua y su amor acendrado por la manera de utilizar el lenguaje de la gente del Perú. La batalla intelectual que emprendió a través de sus libros Papeletas lexicográficas y Neologismos y americanismos y de sus vigorosas intervenciones en la Real Academia Española en 1892, merece un reconocimiento permanente de todos los peruanos. Satisfacción tendría Palma, si lo supiese, que casi todas las palabras que propuso incorporar a la lengua general a través del diccionario, hoy están siendo aceptadas en todos los países donde se habla español.
La Academia Peruana de la Lengua vivió años difíciles durante el largo gobierno de Augusto B. Leguía Salcedo. ¡Qué paradoja! Una generación joven y vigorosa, original y emprendedora, iniciaba su vuelo intelectual, aquella de Raúl Porras Barrenechea, César Vallejo, Jorge Basadre, y quienes debían apoyar el esfuerzo intelectual y las instituciones que lo fomentan, hacían exactamente lo contrario, deportando escritores y dejando languidecer a las instituciones.
En este año se le está rindiendo homenaje a José de la Riva Agüero y Osma en ocasión del centenario de su libro El carácter de la literatura en el Perú independiente. Y se escuchan voces que elogian su castizo manejo del idioma, su prosa elegante y pausada, su amor profundo por el Perú. Menos difundido es su trabajo en la Academia Peruana de la Lengua que fue sustancial y de profunda importancia. Riva Agüero fue el escritor que sacó a la Academia del silencio en que se encontraba. Entre 1934 y 1944, la reorganizó, le dio vida. Hay una serie de documentos que se encuentran en el Instituto que lleva su nombre que pueden dar luces sobre su trabajo tesonero en defensa de la lengua. A Riva Agüero sucedió Víctor Andrés Belaunde Diez Canseco, quien fue Director hasta 1966. Hombre de intereses variados, historiador, diplomático, escritor llevó su fina prosa y su verbo elegante a las tribunas y los foros más importantes del mundo.
Entre 1967 y 1979, fue Director de la Academia Aurelio Miró Quesada Sosa, a él le debemos la aparición del Boletín de la Academia que está ahora llegando al número 40 y que publica artículos de académicos nuestros y de otros países y que está bastante bien considerado en la Asociación de Academias. Como dato histórico hay que mencionar que en 1918 Javier Prado publicó un Boletín que no fue continuado, como tampoco aquel otro que publicó Ricardo Palma en los años aurorales de la Academia. Miró Quesada, que también fue Director de la Academia de Historia estimuló la incorporación de nuevos miembros que fuesen destacados en sus disciplinas, entre otros a Mario Vargas Llosa, quien es miembro desde 1975, o Luis Hernán Ramírez, lingüista destacado.
A Aurelio Miró Quesada le sucedió entre 1979 y 1982 José Jiménez Borja, hombre de profundo amor a la lengua y a la literatura al que hoy precisamente recordamos con especial afecto y admiración en ocasión de la publicación de un volumen antológico de sus escritos que será comentado por Carlos Eduardo Zavaleta y Biagio D´Angelo. Quienes fuimos sus alumnos en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en cuanto a gusto literario y a elegante precisión en asuntos controversiales de la gramática como uno de nuestros penates. Ante cualquier duda en asuntos de conjugación o de concordancia, cerramos los ojos, forzamos la memoria y procuramos recordar lo que Jiménez Borja dijo en parecidas circunstancias. ¡Cuánta falta nos hace! En las discusiones sobre asuntos gramaticales, de las muchas que tiene la gente, porque en política y en gramática todos quieren tener la última palabra, ¡cuántas veces he oído decir: “tú no eres Jiménez Borja”. El libro que ahora publican en forma conjunta la Academia Peruana de la Lengua, la Universidad de San Marcos, a través de su Fondo Editorial y la Facultad de Letras y Ciencias Humanas y la Universidad Católica Sedes Sapientae, muestra la voluntad conjunta de una serie de instituciones y personas, de conservar la memoria de uno de nuestros más destacados intelectuales del siglo XX.
En la historia reciente de la Academia han sucedido Augusto Tamayo Vargas entre 1982 y 1988, Estuardo Núñez Hague entre 1988 y 1991 y Luis Jaime Cisneros entre 1992 y 2005. Los tres son figuras que nos son familiares a muchos de nosotros, con personalidad propia y características individuales. Quienes conocimos a Augusto Tamayo Vargas recordamos particularmente su don de gentes, esa delicadeza para comunicarse con todo tipo de personas, en el aula, en la calle, en los paraninfos, escritor y profesor de vertiginosa actividad y múltiples talentos, autor de novelas y libros de poesía, de ensayos, dueño de un prosa ágil y amena, firme trabajador de las instituciones que amó: la Academia Peruana de la Lengua y la Universidad de San Marcos.
Estuardo Núñez Hague es la imagen misma de lo que debe ser un académico: disciplinado, metódico, original, incisivo. Quienes lo leemos con fruición no podemos olvidar sus magníficas páginas sobre la poesía de Eguren, el arriesgado elogio que hizo de la poesía de César Vallejo en 1938, cuando nuestro vate no era todavía suficientemente conocido en el mundo. Se habla ahora mucho de literatura comparada y de globalización literaria. ¿Quién si no Estuardo Núñez es el que ha iniciado estos estudios en el Perú?
Luis Jaime Cisneros Vizquerra es maestro de muchas generaciones en el Perú. Es un arquetipo del profesor. Cuando uno entra a las aulas por primera vez y lo oye hablar, siente que ha ingresado por fin a la universidad, que ese hombre delgado, de movimientos rápidos y nerviosos no sólo nos informa, nos ofrece conocimientos, sino algo más importante: la voluntad de persistir en la búsqueda interminable del saber, el amor por todo lo que atañe al hombre. En todos estos años complejos de deterioro social, de desaliento colectivo, Cisneros, hijo y nieto de miembros de la corporación, (Luis Fernán Cisneros y Luis Benjamín Cisneros) ha sido dentro de la Academia y dentro de la Universidad, un ejemplo en el deseo de conocimiento y un ejemplo en la capacidad de organización. La Academia Peruana de la Lengua en estos años en que ha estado bajo la Presidencia de Luis Jaime Cisneros (puesto que el Director por razones legales se ha convertido en Presidente) ha sabido sortear numerosos peligros, principalmente los que vienen de la incuria de terceros; él la ha vinculado de manera eficiente con la Asociación de Academias y con la Real Academia Española y ha llevado la palabra de los académicos peruanos a distintos foros, encuentros y coloquios internacionales. No tengo sino palabras de gratitud para Luis Jaime Cisneros, Guillermo Lohmann Villena, Estuardo Núñez Hague, Martha Hildebrandt Pérez Treviño, Carlos Eduardo Zavaleta Rivera, académicos con los que he trabajado estos años.
Debo agradecer también públicamente a los académicos que han aceptado formar parte del Consejo Directivo que ahora inicia su tarea, empezando por el Vicepresidente Rodolfo Cerrón Palomino, destacado lingüista que es la persona ideal para trabajar la relación entre el español y las otras lenguas que se hablan en el Perú, en especial el quechua y el aimara. Debo también gratitud a mi profesor Agustín de la Puente Candamo, que siendo Presidente de la Academia Peruana de Historia, ha aceptado ser el censor en la Academia Peruana de la Lengua. Reconocimiento también a Ismael Pinto, a Ricardo Silva Santisteban y a Carlos Eduardo Zavaleta, académicos, colegas y amigos de muchos años.
Si he citado en estas páginas breves a los intelectuales de valor que han dirigido la Academia es para que la mención de sus nombres, como un conjuro, nos sirva de estímulo para la tarea compleja que nos espera.
En los últimos años la Academia Peruana de la Lengua ha mantenido relaciones intelectuales y de organización con la Asociación de Academias y con la Real Academia Española. Ha sabido también tender puentes hacia algunas instituciones en el país, principalmente universidades: el consorcio de universidades privadas, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la Universidad San Martín de Porres y la Universidad Católica Sedes Sapientae. Esos vínculos tienen que mantenerse y aumentarse. También debemos tener relaciones muy fluidas con el gobierno del Perú que por un convenio internacional está obligado a ayudarnos.
¿Aparte de lo dicho a qué se compromete el Consejo Directivo? Puesto que queremos tener una Academia eficiente, necesitamos incorporar a nuevos miembros. Tarea delicada, ésta, la de cubrir vacantes. La ocasión es propicia para solicitar a todos los miembros de la corporación que procuren ser muy cuidadosos en la proposición de candidatos. Según el reglamento, tres miembros pueden hacer una propuesta, pero por lo ocurrido en los últimos años parece conveniente tener más adherentes a una candidatura para que a la hora de la votación haya algún nivel de seguridad en la elección. Nos hemos alegrado en estos últimos meses con las elecciones de Eduardo Hopkins Rodríguez y de Salomón Lerner Febres como miembros de la corporación. Mi íntimo deseo es que las próximas elecciones de académicos sean claras y casi unánimes como han sido en los casos mencionados.
Otra tarea es reforzar la comisión lexicográfica con miembros académicos y de otras instituciones, principalmente universidades. Para el año 2006 en el mes de abril, tenemos pensado, junto con la Universidad de San Marcos, organizar un Congreso Nacional sobre Lexicografía que llevará el nombre de Miguel Ángel Ugarte Chamorro. En el año 2007, el sueño que hay que trabajar es realizar en Lima un Congreso Internacional de Lexicografía. Pero para que se cumpla, necesitamos empezar a trabajar desde ahora. Mantener, como ahora ya se tiene, una adecuada relación con la Asociación de Academias y con la Real Academia Española, ayudará sin duda a este propósito.
Hay una tarea que empezó el Consejo Directivo presidido por Luis Jaime Cisneros y que necesitamos continuar y profundizar: la necesidad de acercar la Academia a las distintas zonas del Perú. Hemos tenido en 2004 una visita a Trujillo, realizada por Jorge Cornejo Polar, Manuel Pantigoso y el suscrito. La recepción fue excelente. El propósito es crear en algunas ciudades del país pequeños grupos de amigos de la Academia que nos ayuden en las tareas que son de nuestra prioridad. Como los fondos siempre son escasos, necesitamos reposar sobre las Universidades. En un plano inmediato tenemos previsto tener relación con intelectuales de Trujillo, Piura y Moquegua. Más adelante seguirán Arequipa, Cuzco y Tacna. Con el tiempo eso nos ayudará a tener miembros correspondientes en el territorio nacional. Actualmente, con una excepción, todos los miembros correspondientes, que pueden ser peruanos o extranjeros, viven fuera del Perú. El último incorporado ha sido el destacado poeta español Justo Jorge Padrón. Esta sesión pública es ocasión inmejorable para aprobar la incorporación de Víctor Hurtado Oviedo, destacado intelectual peruano residente en San José, Costa Rica.
Las Academias tienen en general una buena relación con la tradición, pero muchas veces tienen algún tipo de resistencia a la innovación, en especial si es tecnológica. Pero, pese a los escasos recursos con que contamos necesitamos tener una página electrónica con nuestro nombre y nuestro trabajo. Actualmente las Academias que tienen página electrónica de los siguientes países: España, Puerto Rico, México, Argentina, Chile, Estados Unidos. Con Luis Jaime Cisneros y Luis Delboy las hemos consultado y estudiado.
Nuestra página electrónica deberá tener una noticia histórica sobre la Academia lo suficientemente ágil como para atraer lectores y cibernautas, brevísimas biografías de los académicos actuales y del pasado, que son más o menos unos cien en total. Pero, sobre todo, debe servir de ayuda al usuario. Pensamos tener enlaces con la página electrónica de la Real Academia Española e introducir poco a poco asuntos específicos del habla de los peruanos: los diccionarios de peruanismos existentes, el de Juan de Arona, las contribuciones de Pedro Benvenutto Murrieta, de Martha Hildebrandt, quien ya ha aceptado ofrecer sus invalorables materiales, y, claro está, artículos sobre temas gramaticales y de literatura.
La Academia, debe ser, como la lengua misma, la casa de todos. Toda la colectividad está invitada a participar de sus tareas. Parafraseando a Giovanna Pollarolo, quien escribió
¿Dónde estuviste todos estos años?
Limpiando mi casa y todavía no termino
diré que las tareas de la Academia no se acaban nunca y que por eso necesitan del esfuerzo sostenido de toda la sociedad.
Juan de Valdés consideró a la lengua española como par de la latina como instrumento digno de servir a una gran literatura. Escribía y hablaba sin afectación y tenía cuidado en usar vocablos que significaban bien lo que quería decir, no era afectado, decía con el menor número de palabras lo que quería expresar. Con ese mismo espíritu he querido hablar esta noche. Muchas gracias.





