POR Salomón Lerner Febres
Mayo de 2006
Discurso pronunciado por el académico Salomón Lerner Febres en su incorporación a la Academia Peruana de la Lengua
Señor director de la Academia Peruana de la Lengua:
Señores académicos:
Señoras y señores:
Considero un inmenso honor el haber sido invitado a incorporarme en esta prestigiosa institución que es la Academia Peruana de la Lengua. La gratitud que esta invitación suscita en mi se ve, desde luego, acrecentada por lo que significa formar parte de una organización como esta en los tiempos presentes, tan marcados por el desdén de la palabra, del diálogo, de la conversación sincera y razonable, y por una admiración tan intensa como ingenua hacia el pragmatismo mudo y la soberbia tecnocrática como sustancia de nuestra vida en común. En circunstancias tales, cultivar un diálogo sostenido y una permanente meditación sobre las palabras por las que vivimos ―tareas que definen a la Academia― constituye una muy saludable forma de la disidencia a la cual acepto gustosamente sumarme desde ya.
La satisfacción que acabo de expresar podría haberse visto menguada, sin embargo, por una incertidumbre que me visitó tan pronto supe de la generosa invitación de ustedes. Se trata de las naturales dudas sobre el papel que podría desempeñar en esta institución quien, como es mi caso, no se ha ocupado especialmente del estudio de la gramática de nuestra lengua ni del cuidadoso examen de la normativa castellana ni, desde luego, de la recreación gozosa del idioma, que es privilegio de quienes se dedican al quehacer literario. Mi vida profesional e intelectual ha estado, más bien, concentrada en el estudio de la filosofía ―tarea siempre inagotable; tarea ante la cual estamos en el comienzo cada día― y al mismo tiempo dedicada a contagiar mi entusiasmo por ella en las aulas universitarias. No obstante, señalado esto, me animo a afirmar que precisamente en virtud de esas ocupaciones he estado cercano de los problemas del lenguaje y de la palabra, y es a partir de tales problemas que deseo plantear en estos minutos una breve reflexión sobre la decadencia del discurso público en el Perú y sobre la urgente necesidad de restaurar ese lenguaje como una vía indispensable para restablecer la salud moral y cívica de nuestro país, esto es, para construir una verdadera democracia.
En mi formación como estudioso de la filosofía tuvieron primacía aquellos pensadores que han sabido encontrar en la palabra, en la dimensión lingüística de nuestras vidas, la sustancia de nuestro estar en el mundo, y que, por consiguiente, han enseñado también a ver de qué manera la corrupción de nuestros hábitos verbales constituye al mismo tiempo, y por definición, una mengua de nuestra condición moral e intelectiva. Esa consideración filosófica del lenguaje como experiencia humana radical se ha visto complementada para mí a lo largo de años, en la práctica, por la vivencia diaria en las aulas de clase. En ellas, igual que en los pasillos del claustro universitario, es inevitable comprobar de qué manera la palabra, más que simple transmisora de conocimientos, es cinceladora de personalidades, definidora de relaciones intersubjetivas, señaladora de compromisos con el mundo y, desde luego, argamasa que permite dar unidad y cohesión a una identidad en trance de maduración intelectual y moral. Al mismo tiempo ―innecesario precisarlo― esa misma palabra, puesta al servicio de la falsedad y del ocultamiento, puede ser, es y ha sido en nuestro país el más eficaz vehículo de la degradación personal y social, el más poderoso corrosivo de la democracia y de la paz en nuestra comunidad política. La reflexión teórica sobre estos poderes destructivos de la palabra puede ser encontrada, ciertamente, en diversos hitos de la tradición filosófica que invoco, desde la aurora presocrática hasta las escuelas hermenéuticas contemporáneas, pasando por la intensa meditación heideggeriana. Sin embargo, a mí me tocó pasar de la meditación abstracta a la comprobación empírica gracias a una experiencia privilegiada y dolorosa al mismo tiempo como lo fue la investigación sobre la violencia realizada hace pocos años por la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Será por tanto imposible que la reflexión que deseo proponerles quede desligada de esa vivencia, que por un lado fue confrontación con un lenguaje deshumanizador y con la mentira como opción pública, y por otro lado, afortunadamente, me deparó el hallazgo de la palabra de las víctimas como último reducto de la dignidad humana ahí donde todo parecía haber sido perdido.
No podría iniciar estas consideraciones sin detenerme previamente en una circunstancia particular que rodea mi ingreso a esta corporación y que suscita en mí, al mismo tiempo que un justificado orgullo, una inevitable melancolía. Me refiero, naturalmente, al hecho de incorporarme a la Academia Peruana de la Lengua para ocupar en ella la silla que dejara vacante ese amigo y maestro que fue el poeta Javier Sologuren.